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Katovit, cuando las anfetas nos las compraba mamá

A finales del siglo pasado, los estudiantes españoles encontraron en estas grageas una fuerte motivación para hincar los codos sin descanso

Hace solo un par de décadas, las anfetaminas en España no las vendía un tipo en moto, enganchado a un móvil, con despacho en los lavabos de un bar, sino un aséptico farmacéutico con bata blanca. El boticario proporcionaba la droga a los jóvenes con una sonrisa y la complaciente aprobación de sus padres. Todo legal y por una buena causa: aprobar exámenes.

En aquellos años, las bibliotecas del país rebosaban jóvenes, chicles estimulantes y cajas de 30 grageas de Katovit. Este fármaco, cuyos efectos recuerdan a los de las anfetaminas, ayudó a una generación de estudiantes antes de desaparecer del mapa, cuando se concluyó que no solo no era efectivo sino que perjudicaba seriamente la salud.

La historia del Katovit comenzó en 1967, cuando recibió una autorización que sobrevivió exactamente cuatro décadas, hasta 2007. Solo cinco años después de llegar a las farmacias, las prodigiosas pastillas fueron incluidas en la cartera del Sistema Nacional de Salud, lo que da una idea de lo distinto que era el concepto de multivitamínico durante el franquismo. Sí, el Katovit era un complejo vitamínico pero, aparte de cinco vitaminas, cada gragea contenía prolintano, un derivado de las anfetaminas.

El prospecto del Katovit no ocultaba la realidad: con una o dos pastillas por la mañana y otra a mediodía, señalaba que era posible combatir estados de agotamiento por causas diversas (por ejemplo, por exceso de trabajo). Y no era para menos: “El prolintano es un estimulante derivado anfetamínico con una potencia inferior a la de las anfetaminas clásicas”, explica el farmacéutico Juan Carlos Serra.

De fármaco para ancianos a elixir estudiantil

Se suponía que el producto debía ir a parar a personas mayores con problemas como el “cansancio físico precoz, la disminución del rendimiento mental y la debilitación de la capacidad de concentración”, también recogidos en el prospecto.

Pero la cosa cambió mucho a partir de los ochenta. El Katovit comenzó a fluir con generosidad en los círculos estudiantiles, como una ayuda para aguantar más tiempo estudiando, con una mayor capacidad y retentiva. Podían estudiar durante horas sin percibir el cansancio y en un estado consciente de pleno rendimiento, dice Serra.

La fiebre del sábado noche bullía en las bibliotecas.

Los jóvenes que tenían un abuelo enganchado al Katovit lo tenían fácil y, para los que no, acceder al producto no era complicado: las farmacias eran más laxas en aquella época. Con algo más de 100 pesetas, apenas un euro, y un poco de morro, uno podía conseguirlo y estudiar sin descanso. “Era algo muy loco, yo recuerdo a las madres hablando abiertamente de que el hijo de fulanito tomaba pastillas para estudiar”, narra el coautor del blog El Comidista, Jorge Díaz.

Los deportistas lo tenían más difícil. Mientras los estudiantes incluso podían obtener recetas durante las épocas de exámenes con la excusa de que las vitaminas les venían bien, el prospecto del producto advertía a los atletas de que probablemente no pasarían las pruebas antidopaje si consumían la sustancia.

Fueron dos décadas de pura locura, en las que los jóvenes con un acelerón sistémico extraordinario creían que arrasarían en el ámbito académico y que terminaron de modo abrupto, abriendo paso a una realidad inevitable: como cualquier fármaco, el prolintano no es inocuo.

Los pocos estudios clínicos que se hicieron sobre sus efectos concluyeron que afectaba a las capacidades intelectuales pero con una gran variabilidad, además de provocar efectos secundarios indeseados.

Muchos jóvenes ya no podían estudiar sin su pastilla amiga, estaban enganchados y encima no veían reflejadas las promesas de la droga en sus boletines de notas.

Los efectos clínicos que podía producir eran estimulación, euforia, anorexia y una ligera elevación de la presión arterial. Con dosis excesivas, muy superiores a las recomendadas, y por motivo accidental o voluntario, se podían presentar alteraciones psicológicas y psicosis. Por otro lado, los efectos adversos incluían insomnio, irritabilidad y nerviosismo.

Así, con motivo de las notificaciones que se recibieron en el Sistema Español de Farmacovigilancia de casos de tolerancia y dependencia, su balance beneficio-riesgo fue revisado por las autoridades sanitarias españolas y europeas, y en 2007 se propuso la suspensión de su comercialización como estimulante central. Desde entonces nunca más se ha vuelto a aprobar su comercialización en nuestro país.

Paradójicamente, los nootrópicos como estimulantes cognitivos no son solo una anécdota del imaginario ochentero. Es más, el consumo de este tipo de fármacos, que pretende aumentar las capacidades mentales de los usuarios, está pasando por una auténtica luna de miel.

El mercado global de las llamadas “pastillas inteligentes” fue valorado en miles de millones de euros, y cada año aparecen nuevos ejemplos entre las medicaciones más efectivas que se consumen en entornos altamente competitivos como Silicon Valley, donde la competitividad profesional e intelectual se respira en el aire.

Hoy en día se pueden encontrar suplementos de prescripción médica que tienen indicaciones similares a las originales del prolintano. Es el caso de citicolina, piracetam o metilfenidato.

Y muchos otros que pueden solicitarse en farmacia sin necesidad de prescripción médica, con activos como vitaminas, fosfatidilserina o colina, que ayudan a tener una mejor concentración y menor fatiga mental, asegura el farmacéutico Juan Carlos Serra.

Por su parte, el farmacéutico Guillermo Martín Melgar añade que, además, aún existe la venta ilegal y tráfico de metilfenidato (un compuesto similar al prolintano) entre los estudiantes.

Parece que el Katovit solo fue el comienzo, y que la lista de alternativas al prolintano, con menos riesgos asociados, no ha hecho más que crecer. Es tan larga y con nombres tan complejos que ni con un Katovit se ve uno capaz de memorizarlos… y casi mejor así, el precio podría ser demasiado alto.

Por: Sarah Palanques Tost